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Bogotá a Ecuador en bicicleta etapa 10 (Páramo de Bordoncillo)

  • Eran las 5:30 de la mañana, era hora de despertarse, me asome a la ventana y me di cuenta que la lluvia saludaba al pueblo; fui y se lo conté a Felipe y decidimos esperar un rato, así que volví a la cama por media hora más. Sonó el despertador nuevamente, un baño con agua caliente nos daba los buenos días. Yo había lavado la camiseta sin hacer caso de los consejos que me había dado Felipe y obviamente no se había secado.

    Pensándolo mil veces, me la puse, desde ese día nos tocó pedalear con nuestra ropa sucia y sudada. Nos alistamos, amarramos nuestras maletas a las bicis y salimos. Aún estaba lloviendo no tan fuerte como al principio. Sibundoy está mucho más cerca de las estrellas.

    Fuimos a buscar desayuno y así dimos una vuelta por el pueblo. Después de recargar energías era el momento de enfrentarnos a ese frío y la bella neblina. Iniciamos con olor a confianza pero a la vuelta de la esquina nos enfrentamos a la subida, no nos esperamos eso, no pensábamos que teníamos que volver al ascenso. 

    La verdad, con la alegría del día anterior, no tomamos la tarea de investigar que nos esperaba. La carretera era pavimentada, y eso permitía un avance más rápido. Cada kilómetro con la lluvia era más fuerte y como de costumbre Felipe tomó la batuta de la subida y propuso el ritmo, a mí me parecía que él iba rápido en mi interior pensaba ¿de dónde sacará tanta fuerza? pero ni modos, tenía que seguir. La lluvia se convirtió en tremendo aguacero y escurríamos agua por todo lado. 

    Cada vez que subíamos, la neblina cubría más la carretera, tan solo viendo a unos pocos metros delante de nosotros. Después de unas 2 o 3 horas de pedaleo llegamos a una tienda en la que vendían cuyes; páramos y pedimos que nos vendieran algo caliente, nos ofrecieron agua de panela y nos la tomamos al pie de una hoguera, tratando de calentarnos. Pasó el tiempo y la ronda de agua de panelas se incrementaron pero el frío no paraba y lo que es peor era que la lluvia tampoco. Nuestra falta de información era tanta que no sabíamos que estábamos llegando a un páramo, de razón el frío ¡el tremendo frío!.

    No nos movimos de esa hoguera y mientras tanto nuestros ojos no parpadeaban, viendo como preparaban y asaban estos roedores. En esta espera pasó una hora y media, de repente llegaron los dos ciclistas con quien nos habíamos encontrado en el trampolín de la muerte. Ellos como nosotros estaban buscando un lugar en donde escampar y calentarse un poco. Esto permitió presentarnos mejor; nos contaron que eran profesores y que se habían conocido en la universidad, que habían salido de Popayán, pasaron por Isnos, Mocoa, y que su meta era Pasto, donde los dos tenían familiares. Les contamos nuestra aventura y compartimos experiencias del trampolín de la muerte en el que tanto ellos como nosotros coincidimos que había sido épico. 

     

    Después de hablar un rato nos ofrecieron hospedaje en pasto, el cual nos pareció una buena idea para poder compartir y conocer más de este lugar. El tiempo pasaba y el agua seguía igual, así que decidimos salir y terminar de enfrentar ese increíble páramo. Estos ciclistas conocían más de este lugar y nos dijeron que no faltaba mucho, contándonos que en el camino había increíbles paisajes que podríamos conocer. Llegamos a la cima sin darnos cuenta estábamos cruzando el límite del Putumayo y Nariño, estábamos en el Páramo de Bordoncillo ubicado a 2800 msnm.

    La niebla era densa, como película de terror o suspenso en la que los protagonistas era la increíble vegetación, especialmente los frailejones. Al llegar a la cima, la carretera ya no estaba pavimentada y se tornó un poco más difícil. Esta película estaba llena de atractivos, entre estos, que el páramo era hogar de osos andinos y dantas. Bueno, no vimos ninguno, pero había letreros que nos contaban esta historia. Nuestros corazones estaban hinchados de alegría, no sabíamos en qué parte de nuestra cabeza se almacenaba ese inmenso collage de imágenes, de olores y sabores, recopilados desde el inicio del viaje.

    Sin nisiquiera haber digerido lo que nuestros ojos comían llegó la bajada, un descenso frío pero exquisito. Después de un tramo de bajada, llego otra alegría, al lado izquierdo de la carretera, encontrábamos una increíble vista  “la famosa laguna de Cocha”, ¡era gigante!. Llevaba puesto un vestido azul larguísimo, nuestros ojos no alcanzaban a ver en dónde terminaba. Hermoso, simplemente hermoso. Después de una foto nos despedimos de esta doncella con la esperanza de volver y poder conocerla mejor.

    En seguida de la laguna, quedaba un pueblo; creo que se llamaba El Encanto donde uno de estos ciclistas, Juan, nos llevó a conocer su abuela, una señora de 104 años, que de la forma más cariñosa nos narró la historia de cuando ella era joven y había pasado con su esposo por la carretera de Nariño - Pasto con un viaje de plátano. Esta familia muy amablemente nos brindó un delicioso almuerzo para luego alistar nuevamente nuestro viaje. Teníamos otra subida de 15 kilómetros, el alto de la virgen y el descenso era hasta llegar a pasto. La subida la hicimos con un buen ritmo, al principio íbamos los cuatro, pero Felipe se puso a cabeza de esta carretera y dejamos atrás a nuestros dos amigos. Logramos la cima, ahí esperamos que ellos llegaran y nos descolgamos hasta que vimos el letrero que indicaba la meta, bienvenidos a Pasto.

    Es bien sabido que todo entra por los ojos pero no en todos los casos. En la entrada a pasto uno de los ciclistas nos dice que teníamos que tener cuidado porque a él una vez le habían intentado robar la bici. Inmediatamente, la tranquilidad y paz de la naturaleza se transformó, y nuestro sistema de alarma se activó.

    Al pasar de unas cuadras nos despedimos de uno de los ciclistas; Diego, y seguimos el camino. Nos entramos en el centro de Pasto, recordamos nuestra hermosa Bogotá ya que el trancón que hayamos era gigante, bueno en la bici fue más fácil. Llegamos a la casa de la tía de nuestro amigo, una casa hermosa; con un bosque en su patio trasero. La señora estaba extasiada de escuchar estas aventuras. Nos ofrecieron tinto con pan, el cual devoramos, no sé qué expresaba nuestra cara, pero nos dieron más. Luego llegó el tío de Juan y se unió a la tertulia, pero esta vez nosotros lo escuchábamos a él, nos contó que de noche el volcán galeras hace pequeñas erupciones y parecen fuegos artificiales !no sabemos qué tan divertido será esto! Juan, Nuestro amigo ciclista, se puso en la tarea de llamar a sus conocidos para buscarnos un lugar donde quedarnos, nosotros vimos que sus esfuerzos no estaban consiguiendo resultados. La noche se asomaba rápidamente y agradecidos por la buena intención de nuestro compañero decidimos salir. Buscamos un lugar donde quedarnos, al contrario de las veces anteriores, no estábamos contando con mucha suerte, puesto que los lugares en los que preguntamos eran costosos e igualmente no tan confiables. Nos llenamos de paciencia y nos dirigimos a la salida de Pasto. La verdad no sabemos si fue por la advertencia que nos hicieron al llegar a pasto, pero las personas que estaban alrededor no nos daban buena espina pues pensábamos que nos podrían robar.

    Después de buscar mucho nos dirigimos a un hostal lleno de camiones alrededor y allí nos quedamos, podríamos decir que no fue el mejor lugar donde estuvimos. El cansancio cada vez era un poco más grande. Nos duchamos, arreglamos y nos dirigimos a buscar algo de cenar, lo único que encontramos fue un asadero, es así que ahí recargamos baterías. Después de la cena compramos unas manzanas y bananos sabiendo que a la hora que partiríamos probablemente no encontraríamos restaurantes. Llegamos a las habitaciones y al tocar la cama, por ese día, la historia de nuestras vidas había terminado.

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