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Bogotá a Ecuador en bicicleta etapa 9 (Trampolín de la muerte)

  • El  despertador nos besa y como Blanca Nieves despertamos. Llego el famoso día en el que enfrentaríamos el desafío más grande  de todo el viaje, el trampolín de la muerte. ¡Qué tal el nombre! según la información que se encuentra en Internet, por algunas personas de la zona y viajeros que han recorrido este lugar, se considera  una de las vías más peligrosas del continente. Debe ser porque tan solo tiene un carril, por su geografía montañosa o por sus intensas lluvias, e inclusive por sus profundos abismos que ha cobrado vidas de muchas personas. Probablemente esto hace merito a su nombre.

    Por esto y por infinidad de videos  que habíamos visto acerca de este lugar,  sabíamos que era nuestro momento y  gracias a ese increíble descanso nos sentíamos  geniales, optimistas y con ganas de saber qué pasaría con esta  montaña.

    Nos duchamos y a pesar que eran las 6 de la mañana ya se sentía un bochorno pegajoso. Nuestra ropa estaba sobre el ventilador, fórmula mágica para  poder secar ropa de un día para otro, me vestí de primeras  y estaba arreglando la maleta cuando suena un estruendo durísimo; Felipe al jalar su camisa  del ventilador, que estaba medio colgando de la pared, bajo su camisa pero con él, el ventilador. Quedamos  mirándonos y un “marica” salió de nuestras bocas. Había pedazos por todos lados.  Recogimos las partes que servían y tratamos  de armarlas, lo arreglamos hicimos prueba de  funcionamiento  y aunque sonaba como moto sin exosto, así lo dejamos, entregamos la habitación y nos dirigimos al restaurante para nuestro desayuno.

    Ya en el parque, terminamos de arreglar nuestras maletas, una foto y preguntamos  cual era la vía a pasto. Cuando hicimos esta pregunta las personas nos quedaban  mirando con cara de asombro y sin embargo nos direccionaban. Esas era las señales de que lo que enfrentaríamos  no era nada fácil. Empezamos a pedalear y alrededor de 20 minutos llegamos al río  Pepino, el cual era la entrada para nuestro destino. Pasamos un puente y enseguida las llantas tocaron esa carretera  llena de piedras y huecos, la etapa comenzaba.

    Empezamos a subir y  como de costumbre, estos paisajes nos distraían, en el que ninguno de los dos cruzábamos  palabras, escuchando el sonido que hacían las llantas al contacto con el piso y el agua cristalina bajando por las montañas. Nos sentíamos bien, íbamos en un ritmo fuerte sin olvidar que no se podía ir rápido, la carretera nos exigía que le prestáramos atención. Cada instante que pasaba  la montaña se hacía más grande, inmensa, y el camino más angosto, más difícil; cuando empezábamos a tomar confianza, pasábamos por a un abismo, que nos advertía, ¡hey pilas, despierto! En ese pedaleo constante y al llegar  a una curva para nuestra sorpresa nos encontramos dos ciclistas que al igual que nosotros, habían sido invitados por la montaña.  Los saludamos y nos contaron que venían de Popayán y que  habían ido a la cascada del fin del mundo, que queda en Mocoa, un lugar al que no visitamos; quedamos en deuda.

    No fue muy larga nuestra conversación  y seguimos, dejando a estos dos ciclistas atrás. Los paisajes nos tenían impresionados, era una carretera en medio de la selva pero  la batería de uno de los celulares no estaba funcionando bien y el otro celular no tenía cargador, así que nos tocaba tomar una foto y apagar el celular para que  resistiera la carga y  no perder la oportunidad de registrar lo que  estábamos viendo. En una de esas tantas paradas los ciclistas nos alcanzaron y siguieron adelante y como fantasmas, por ese camino no los volvimos a ver.

    En algunos tramos teníamos que parar, para dar paso a las camionetas 4x4 que transportan pasajeros, la vía es angosta y no tiene barreras de seguridad, esos vehículos pasan muy rápido al filo del abismo, usan las llantas desinfladas para tener mayor estabilidad, tienen una pericia impresionante, ésta vía fue construida en los años 30 durante la guerra entre Perú y Colombia, al parecer no ha tenido mayores adecuaciones en todos estos años, cuando está despejado es posible ver los restos de antiguos accidentes al fondo del precipicio que lentamente el monte se los va comiendo.

    Transcurrió el tiempo y ya era más de medio día y no habíamos encontrado un lugar donde almorzar y nuestra paz y buena energía se empezaba a dañar e incluso el cansancio salió a flote nuevamente.  De repente  vimos algo  que nos hizo sonreír,  habíamos llegado a la estación de policía el mirador, la cual estaba abandonada. Gracias a los videos sabíamos que los primeros 30 kilómetros más difíciles habían pasado, como dice Felipe con sus palabras técnicas –un puerto fuera de categoría-. Lo más importante en ese momento, al lado había una tienda que nos ofrecía: sopa, arroz, plátano, carne y de sobremesa un tinto caliente porque  ya el bochorno de Mocoa se había convertido en frio de la montaña. 

    Después de almorzar y repetir tinto, seguimos nuestro camino con la esperanza de que  a cinco kilómetros ya no todo sería  subida sino que encontraríamos columpios, (subir y bajar.) Así definitivamente sucedió,  nuestra primera bajada, como de costumbre trajo felicidad. Sin embargo, así mismo nos llegó  la lluvia, hay que nombrar que estábamos muy agradecidos por que en el tramo más difícil no la habíamos tenido. La lluvia se intensificaba y los chorros de agua que pasaban por las carreteras se convertían en  arroyos. Ya no era una simple lluvia, se había convertido en un aguacero, es así que al ver una casa abandonada  decidimos escampar allá.  Después de 20 minutos  al ver que probablemente el aguacero no iba a parar, seguimos adelante.  En el transcurso del camino escampo, pero el frío  se empezaba asomar, cada kilómetro  un poco más.

    La tarde nos acechaba y el temor de que la noche nos sorprendiera en plena montaña nos asustaba, tratábamos de ir más rápido pero no lo concebíamos, no era solo la carretera, nuestros cuerpos  no permitían un cambio de ese ritmo en el que íbamos; Algo raro  estaba pasando y esta vez fue Felipe  el que estaba sintiendo el rigor de la montaña, no se sentía bien y en algún momento, como coloquialmente decimos, se le fueron las luces. Gracias a todos los dioses, a la suerte a la montaña, yo tenía una semilla del ermitaño y volvió a la vida. Bueno,  no fue exactamente así pero  a mí me quedaba algunas galletas de la ración del día y se las pude dar, y de esa forma logramos seguir.

    Llegamos a una casa,  donde un campesino estaba cortando leña  con su hijo, el joven tenía unos 14 años y no estaba jugando video juegos o chateando en su celular. En fin, preguntamos a cuanto estábamos del próximo pueblo y el señor nos mostró una antena que estaba  en la cima de una montaña. Nos dijo, “cuando lleguen allá, empieza la bajada y estarán en el pueblo”. Sin más preámbulo seguimos, con la ventaja que cada vez que teníamos sed, teníamos el dispensador de agua que bajaba de la montaña. Seguimos siempre mirando la antena y preciso cuando llegamos a una curva y pensábamos que habíamos llegado, del otro lado se encontraba otra montaña y está un poco más grande. Nos llenamos de paciencia y tras pedaleo y pedaleo, llegamos a la cima, éramos felices; el frío nos carcomía pero la alegría nos calentaba. Empezamos a bajar  y esta vez no solo nuestras manos y narices  estaban congelados, era todo el cuerpo, sin contar  que  era de noche y que tocaba bajar despacio. Al transcurrir unos 40 minutos llegamos a Sibundoy, lo habíamos logrado.  El siguiente paso era buscar un buen hotel, el fario nos estaba matando pero nuestro ego estaba gigante. Preguntamos  en varios lugares y no nos gustaba, hasta que le preguntamos  a una señora, que resultó ser de Venezuela  y nos direccionó  para el mejor lugar. El Hotel Madison, el cual tenía el famoso combo: cómodo, lindo y barato. La noche en este hotel costo 15 mil pesos y teníamos un cuarto para cada uno, no olvidemos agua caliente; pero  este lugar ya no tenía la necesidad de ventilador, eso significaba algo, no podríamos lavar la ropa. Nos duchamos rápidamente, nos arreglamos y fuimos a comer y así poder ir a descansar.

     

    Especial saludo a Diego y Juan, dos compañeros Universitarios que al igual que nosotros querían experimentar lo duro de esta carretera. Ciclistas que más adelante van a ser parte de nuestra travesía y con los cuales hicimos un lazo de amistad.

    Distancia recorrida 83 kilómetros

    Tiempo: 10 horas 

    Etapa 8

    Etapa 7

    Etapa 6

    Etapa 5

    Etapa 4

    Etapa 3

    Etapa 2

    Etapa 1